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Fases del estrés
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Las tres fases del estrés y cómo te afectan

Una de los mayores desencadenantes del estrés es el cambio. Cualquier situación que nos saque de la rutina, de la zona de confort, estresa a nuestro cerebro. Eso incluye, por supuesto, situaciones negativas (un divorcio, una enfermedad, un fallecimiento…) pero también situaciones positivas (irse a vivir en pareja, un ascenso…). Cualquier cambio necesita que ajustemos nuestros hábitos y nuestras rutinas a las nuevas circunstancias. Y cuanto mayor sea el cambio, mayor es el ajuste que necesitamos. 

Las primeras investigaciones sobre el impacto del estrés en la salud las llevó a cabo el psicólogo canadiense Hans Selye, que estudió las situaciones estresoras en animales y cómo existía una reacción general al estrés no vinculada a la situación desencadenante. 

Es decir, que diferentes estresores tenían en el cuerpo el mismo efecto físico. Lo llamó el síndrome de adaptación generalizada y, en sus estudios, determinó que el estrés tenía tres fases

La primera es la fase de alarma

Ante una estresante, el cuerpo se prepara desarrollando una serie de mecanismos que le ayudan a enfrentarse a la circunstancia. 

El cuerpo envía una señal de socorro al cerebro. Concretamente a una parte llamada el hipotálamo, donde se liberan como consecuencia hormonas del estrés: glucocorticoides. 

Los glucocorticoides desencadenan la liberación de otras hormonas del estrés que son la adrenalina y el cortisol. La adrenalina impulsa nuestra energía, aumentando el ritmo del corazón y la presión arterial y pone en circulación más cantidad de azúcar en la sangre para que los músculos y el cerebro tengan más «gasolina». 

Es una respuesta de lucha o huída. 

La segunda es la fase de resistencia 

Durante esta etapa, el cuerpo intenta contrarrestar los cambios que ocurrieron en la etapa anterior, para volver a la normalidad, reduciendo la producción de las hormonas del estrés. 

Sin embargo, si el factor desencadenante de estrés permanece, el cuerpo no consigue volver a su estado habitual sino que el estrés se convierte en algo crónico. Seguiremos produciendo hormonas del estrés de forma habitual con lo que nuestro ritmo cardiaco, nuestra tensión arterial y nuestro contenido de azúcar en sangre seguirán siendo altos. 

Es por esto por lo que el estrés crónico se relaciona con enfermedades cardiacas y con aumento de peso. Si finalmente se produjera una adaptación del cuerpo al estrés crónico, esta adaptación no está exenta de problemas: disminuye el rendimiento de la persona, está más irritable y tiene menos tolerancia a la frustración. 

La tercera fase es la fase de agotamiento. 

Después de un periodo prolongado de estrés, el cuerpo entra en la fase de agotamiento. Ha agotado su energía por completo al tirar de sus recursos de reserva y, aunque lo intente, no puede poner el piloto en fase de alarma. 

La persona está cansada, deprimida, puede sentir ansiedad y es incapaz de controlar los niveles de estrés. 

Los estudios de Selye se limitaron a estresores físicos: dolor, frío, hambre… pero hoy se sabe que el estrés psicológico causa el mismo impacto. 

Así que el primer paso para controlar nuestro estrés es comprender cuáles son sus desencadenantes. Porque esos estresores son distintos en cada uno de nosotros. Cuando una persona puede identificar cuáles situaciones son estresantes para ella, entonces puede llevar a cabo cambios en su estilo de vida para reducir la exposición a dichos factores desencadenantes. 

Por ejemplo, si yo tengo que conducir una hora todos los días comiéndome un atasco increíble para llegar al trabajo y llego muy estresada, a lo mejor podría solucionarlo mudándome más cerca, cambiando de trabajo, o pactando jornadas de teletrabajo con la empresa. 

Cuando no es posible evitar el desencadenante del estrés, es fundamental encontrar una manera para reducir el impacto físico y psíquico que tiene en nosotros. 

Una de las mejores maneras es el ejercicio físico. El ejercicio libera endorfinas, que mejoran el sueño y promueven la sensación de bienestar. 

Ejercicios aeróbicos como caminar, nadar, yoga, etc son muy recomendables como primera medida de control de estrés. 

Pero existen muchas más. Si quieres determinar cuáles son las tuyas, puedes hacerlo en un sesión personalizada en www.libresdestres.com/sesion

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